Teníamos muchas ganas de visitar la parte flamenca de Bélgica. En un viaje anterior ya habíamos estado en Lieja, Rocourt y la cascada de Coo, pero nos quedamos con la sensación de que el país tenía mucho más que ofrecer, especialmente la zona flamenca que no habíamos podido recorrer con calma.
Aprovechando el nuevo vuelo de Volotea desde Asturias, organizamos una escapada de 4 días y 3 noches con base en Brujas y dos excursiones, una a Gante y otra a Bruselas. Es un viaje muy cómodo porque todo se hace en tren y las distancias son cortas, lo que permite moverse sin complicaciones.
Día 1: llegada a Brujas, primer paseo y free tour

Llegamos a Brujas a las 13:00 y habíamos contratado un taxi de recogida a través de una oferta de Booking, todo un acierto. A las 14:00 ya estábamos en el hotel Ter Canal View donde nos alojamos , un hotel que fue un acierto total desde el primer momento. Está literalmente al lado del canal, en una zona muy tranquila pero perfectamente ubicada para moverse andando a cualquier punto de Brujas. La habitación estaba decorada en estilo renacentista, con muebles clásicos, tonos cálidos y vistas directas al agua, lo que le daba un ambiente muy especial, sobre todo por la mañana y al atardecer. A la llegada nos dejaron una cajita de bombones de bienvenida y había cafetera en la habitación, algo que siempre se agradece en este tipo de viajes. El desayuno también fue uno de los puntos fuertes, muy completo, con productos dulces y salados y bastante cuidado en la presentación.Dejamos las maletas y salimos directamente a comer, sin un plan demasiado definido y esto fue lo primero que vimos al salir del hotel
Llegamos a Brujas a las 13:00 y habíamos contratado un taxi de recogida a través de una oferta de Booking, todo un acierto. A las 14:00 ya estábamos en el hotel, así que el primer contacto con la ciudad fue tranquilo y sin prisas. Dejamos las maletas y salimos directamente a comer, sin un plan demasiado definido.Cerca de la plaza desde donde salía el free tour que teníamos a las 17:00 encontramos Cambrinus, un restaurante bastante conocido donde se puede probar cocina típica belga. Pedimos moules (mejillones con patatas) y también un estofado tradicional. Todo estaba muy bueno, con raciones generosas y platos contundentes, perfectos para empezar el viaje con buen sabor de boca.
Después de comer hicimos un free tour con Civitatis, que en este tipo de ciudades es muy recomendable. Brujas parece pequeña, pero tiene mucha historia detrás y el centro está lleno de detalles que pasan desapercibidos si no te los explican.
Durante el recorrido fuimos pasando por los principales puntos del centro histórico. Empezamos en el Markt, la plaza principal, que es probablemente la imagen más conocida de Brujas. Es una plaza amplia, rodeada de edificios muy llamativos de fachadas de colores y dominada por el campanario Belfort, que se ve desde casi cualquier punto del centro.
Desde allí nos dirigimos a la plaza Burg, que está muy cerca pero tiene un ambiente completamente distinto. Aquí se encuentra el Ayuntamiento, uno de los edificios más antiguos de la ciudad, y la Basílica de la Santa Sangre, que tiene una historia muy particular y un interior bastante diferente al resto de iglesias que vimos en el viaje.
El tour continuó por las calles del casco histórico, que son probablemente una de las partes más bonitas de Brujas. Son calles estrechas, empedradas y con ese aspecto tan cuidado que hace que todo parezca casi de postal, pero sin llegar a sentirse artificial. A cada pocos metros aparecen canales que cruzan la ciudad o se abren entre edificios, con puentes de piedra y reflejos del agua que cambian completamente la perspectiva del paseo. También hay pequeñas tiendas de chocolate en prácticamente cada esquina, junto con cafeterías y escaparates muy cuidados que forman parte del propio encanto de la ciudad.
No es una zona especialmente grande, pero sí muy densa en detalles, donde casi cualquier calle tiene algo que llama la atención. Durante el recorrido también nos explicaron cómo Brujas ha mantenido su estructura medieval prácticamente intacta. El trazado de las calles, los edificios principales y la organización del centro histórico apenas han cambiado con el tiempo, lo que hace que pasear por allí tenga esa sensación constante de estar en otro periodo, aunque haya turistas, tiendas y vida moderna alrededor.
Paramos en el lugar mas instagrameable de Brujas Rozenhoedkaai, o el Muelle del Rosario, es uno de los lugares más icónicos y pintorescos de Brujas, Bélgica. Este encantador rincón es famoso por sus vistas de postal de la arquitectura histórica de la ciudad, sus tranquilos canales y sus encantadores puentes medievales.
En esta parte del tour también nos paramos a ver la Iglesia de Nuestra Señora, uno de los puntos más interesantes del recorrido. Es un edificio sobrio por fuera, pero en su interior guarda una de las obras más importantes de la ciudad: la Madonna de Miguel Ángel, una escultura que sorprende bastante por lo sencilla que es.
Muy cerca también está el Antiguo Hospital de San Juan, uno de los hospitales más antiguos de Europa. Hoy funciona como museo y espacio cultural, y conserva salas históricas donde se puede ver cómo era la atención médica en siglos pasados, además de algunas colecciones de arte y objetos relacionados con su historia.El free tour termina en la entrada de
el Beguinario, una de las zonas más especiales de Brujas y también una de las más tranquilas. A primera vista parece simplemente un conjunto de casas blancas rodeadas de vegetación, con caminos de grava y un ambiente muy silencioso, pero en realidad tiene una historia muy importante dentro de la ciudad.El Beguinario de Brujas fue fundado en el siglo XIII, en una época en la que la ciudad vivía su máximo esplendor gracias al comercio y a su posición estratégica en Flandes. En ese contexto surgieron las beguinas, un grupo de mujeres que vivían en comunidad dentro de la ciudad, dedicadas a la oración, el trabajo y la ayuda a los demás, pero sin formar parte de una orden religiosa estricta como las monjas.
Era una forma de vida bastante particular para la época, porque les permitía cierta independencia dentro de una sociedad muy estructurada. Por eso estos espacios tenían tanto sentido dentro de ciudades como Brujas, donde convivían el comercio, la vida urbana y también este tipo de comunidades más cerradas.
Hoy en día ya no viven beguinas allí. El recinto se conserva como un lugar histórico y ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En su interior hay un convento benedictino, pero en general es un espacio tranquilo y cuidado, más orientado a la conservación y a la visita cultural.
Cuando entras, el contraste con el resto de Brujas es muy evidente. Pasas de calles llenas de turistas, tiendas y movimiento constante a un espacio silencioso, con casas blancas alineadas alrededor de patios y jardines. Es uno de esos lugares que ayudan a entender mejor la ciudad, no solo como destino turístico, sino como un espacio con una historia social muy marcada que todavía se percibe al recorrerlo.
Por último llegamos al Lago Minnewater, también conocido como el Lago del Amor. Es una zona abierta, con patos, puentes de piedra y un parque alrededor. Es uno de los lugares más relajados de Brujas y uno de los puntos donde más gente se sienta simplemente a descansar o pasear sin prisa.
Se le conoce como “Lago del Amor” por el propio origen del nombre Minne, que en neerlandés antiguo hace referencia al amor o al cariño, pero también por la leyenda local de Minna, una joven que murió por amor y cuyo recuerdo se asocia a este lugar. Con el tiempo, el entorno tranquilo del lago, sus paseos y su ambiente romántico han reforzado aún más ese nombre, convirtiéndolo en uno de los rincones más simbólicos de la ciudad.
Al terminar el recorrido intentamos tomar algo dulce, pero aquí vino uno de los primeros aprendizajes del viaje. En Brujas todo cierra muy pronto. Sobre las 18:00 ya estaba prácticamente todo cerrado, desde cafeterías hasta tiendas y muchos bares. Es importante tenerlo en cuenta porque condiciona bastante el ritmo del día.
Así que el resto de la tarde lo dedicamos simplemente a pasear por el centro sin rumbo fijo, viendo cómo la ciudad se iba vaciando poco a poco y cambiaba completamente de ambiente. Más tarde entramos en un pub a tomar una cerveza, que estaba bastante lleno y con música, con un ambiente mucho más animado de lo que habíamos visto durante el día, lo cual contrastaba bastante con la tranquilidad general de Brujas.
Para cenar fuimos a De Verbeelding, donde comimos muy bien. Pedimos una tabla de embutidos y patés, muy bien presentada y perfecta para compartir. El restaurante estaba también bastante lleno, con buen ambiente y movimiento, así que fue un cierre muy bueno para el primer día en Brujas.
Y así terminó nuestro primer contacto con la ciudad, con una idea bastante clara de su ritmo y su ambiente. Al día siguiente la recorreríamos con más calma, incluyendo la zona de los molinos, el paseo en barco y el resto del casco histórico.
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