Como cada 29 de abril, hoy se celebra el Día Internacional de la Danza, una fecha impulsada en 1982 por el Comité Internacional de Danza del Instituto Internacional del Teatro coincidiendo con el nacimiento de Jean-Georges Noverre, considerado el creador del ballet moderno. Desde entonces, este día sirve para poner en valor la danza como disciplina artística y como una forma de expresión universal.
Después de mostraros mi paso por JustMad, Art Madrid e Hybrid, no podía faltar ARCO, la reina de las ferias. La 45ª edición, celebrada del 4 al 8 de marzo en IFEMA Madrid, reunió a más de 200 galerías de 30 países y cerca de 95.000 visitantes. Pero reducir ARCO a cifras sería perderse lo esencial: lo que realmente se negocia aquí no es solo mercado, es contenido.
Este año no hubo país invitado; el vacío se llenó con una profunda reflexión sobre el tiempo. Bajo el concepto “El futuro, por ahora”, la feria propuso un diálogo entre pasado, presente y aquello que todavía no sabemos nombrar. Había menos narrativa cerrada y más preguntas abiertas.
Soy bailarina de ballet clásico, y hoy quiero contarte por qué el ballet no está muerto. Aunque algunos crean que nadie se interesa por esta disciplina, sigue presente en los escenarios más importantes y en la cultura pop, adaptándose y reinventándose.Y no, el ballet no está muerto. Solo hay quien no sabe mirarlo. En plena era del algoritmo, donde todo se mide en likes, Timothée Chalamet decidió insinuar que a nadie le importa el ballet o la ópera. Curioso. Más curioso aún: sus gestos en los Óscar, entre desconcierto y aburrimiento, mientras el escenario hacía exactamente lo que el ballet ha hecho siempre —elevar.

Crónica de Hybrid Art Madrid 2026: arte emergente, performances, galerías y Taiwán en un hotel convertido en espacio artístico. Hybrid Art Madrid 2026 muestra cómo el arte emergente se reinventa combinando creatividad, innovación y tecnología.
Art Madrid celebró su décimo aniversario sin cambiar lo esencial: un hotel tomado por el arte, habitaciones convertidas en microgalerías y la promesa —todavía vigente— de descubrir lo que viene antes de que se institucionalice.Del 5 al 8 de marzo, el Petit Palace Santa Bárbara volvió a ser ese cuerpo extraño dentro de la Semana del Arte madrileña: más cercano, más táctil, menos espectacular. Aquí no hay pabellones ni recorridos monumentales; hay pasillos, puertas entreabiertas y obras que conviven con camas, baños y escritorios. Esa escala, casi doméstica, sigue siendo su mayor acierto. También su límite. Porque si algo se hace evidente en esta edición es que el formato ya no garantiza riesgo. Hybrid nació como un espacio para lo experimental, pero parte de las propuestas parecen haber aprendido demasiado bien el lenguaje de lo “emergente”: textiles blandos, guiños digitales, instalaciones site-specific que funcionan más como atmósfera que como discurso.Aun así, hay momentos donde la feria recupera sentido. Proyectos que trabajan desde el archivo o la memoria logran activar algo más que una estética reconocible. También ciertas intervenciones del programa Jacuzzi y Displaced, más ligeras y efímeras, introducen una tensión interesante en los espacios de tránsito: obras que aparecen y desaparecen sin necesidad de imponerse.
Se agradece, además, la ausencia de grandilocuencia. Hybrid no compite en escala ni en mercado; su valor sigue estando en la proximidad. El contacto directo con artistas, la posibilidad de entender procesos, de conversar sin mediación. Es un ecosistema más humano, pero también más expuesto: aquí las debilidades no se pueden ocultar detrás de la producción.



