El Palacio Habitado: Exposición de Juan Barjola y Díaz-Faes en el Museo Barjola de Gijón

Hay exposiciones que, desde que las anuncian, sabes que no te puedes perder. A mí me pasó con El Palacio Habitado, la propuesta que reúne la obra de Juan Barjola y Juan Díaz-Faes en el Museo Barjola de Gijón.
Este fin de semana por fin pude acercarme y salí encantada. Además, fue la excusa perfecta para pasar unas horas en Gijón, una ciudad que tengo a menos de una hora de casa y que, aun así, visito mucho menos de lo que debería. Siempre que voy pienso lo mismo: tendría que venir más a menudo.
Si todavía no conocéis el Museo Barjola, ya os adelanto que merece la pena incluso antes de empezar a ver las obras.

Un museo que también forma parte de la visita

El Museo Barjola está situado en pleno barrio de Cimavilla y ocupa un antiguo palacio, uno de esos edificios con personalidad propia. Reconozco que hubo un momento en el que dejé de mirar los cuadros para mirar hacia arriba; la cúpula me pareció espectacular y no pude evitar hacer unas cuantas fotos. Me encanta cuando un museo consigue que el propio edificio forme parte de la experiencia, y aquí ocurre: la arquitectura y las exposiciones conviven de una manera muy natural. Creo que el título de la muestra, El Palacio Habitado, le viene como anillo al dedo.

Dos artistas muy diferentes... y ahí está la gracia

Antes de ir, había visto algunas imágenes de la exposición y me preguntaba cómo encajarían las obras de Barjola y Díaz-Faes en un mismo espacio. La idea de reunir a dos creadores separados por generaciones, lenguajes y contextos históricos parecía, sobre el papel, un reto. Sin embargo, después de recorrer las salas, entendí que el verdadero interés de la muestra no está en buscar similitudes evidentes, sino en descubrir cómo el arte es capaz de establecer conversaciones que trascienden el tiempo.


El antiguo palacio renacentista se convierte en un escenario donde pasado y presente conviven con naturalidad, invitando al visitante a detenerse, observar y dejar que las obras establezcan ese diálogo.

Juan Barjola: la fuerza de la expresión

Hablar de Juan Barjola (1919-2004) es hacerlo de una de las figuras más importantes del arte español de la segunda mitad del siglo XX. Aunque nació en Badajoz, mantuvo una estrecha relación con Asturias gracias al museo gijonés que lleva su nombre.

Su pintura es profundamente expresionista: figuras fragmentadas, rostros cargados de dramatismo, cuerpos en tensión y una paleta intensa que transmite emociones antes incluso de que tengamos tiempo de interpretar la escena. Barjola no buscaba la belleza complaciente; utilizaba el arte como una herramienta para hablar de la condición humana, del sufrimiento, de la violencia, de la memoria y también de la esperanza. Frente a sus cuadros es difícil permanecer indiferente; cada visita permite descubrir un detalle nuevo o un matiz que había pasado desapercibido.

Díaz-Faes: optimismo, color y lenguaje contemporáneo

En el otro extremo de esta conversación encontramos a Díaz-Faes (Oviedo, 1982), uno de los artistas asturianos con mayor proyección internacional. Su universo visual es fácilmente reconocible gracias a sus formas geométricas, personajes amables, colores vibrantes y un lenguaje gráfico heredero de la ilustración y el diseño contemporáneo.

Sin embargo, reducir su obra a un estilo colorista sería simplificar demasiado su discurso. Detrás de esa estética aparentemente desenfadada hay una reflexión constante sobre las emociones, la identidad y la forma en que habitamos el mundo. Díaz-Faes consigue conectar con públicos muy diversos porque emplea un lenguaje visual directo, cercano y optimista, sin renunciar a la profundidad.

Un diálogo inesperado

A primera vista, podría parecer que ambos artistas no tienen puntos en común. Barjola representa una pintura intensa y gestual; Díaz-Faes apuesta por la síntesis formal, la geometría y el color plano. Sin embargo, conforme avanza la visita, empiezan a surgir conexiones: ambos conceden una importancia capital a la figura humana y utilizan el color como un elemento narrativo, más allá de lo decorativo. Los dos poseen un lenguaje visual tan personal que basta contemplar una obra unos segundos para reconocer inmediatamente a su autor.



La exposición juega con esas afinidades y contrastes sin ofrecer respuestas cerradas, invitando al visitante a construir sus propias relaciones. Y precisamente por eso funciona tan bien: lo interesante es ver cómo pueden convivir y conversar a pesar de sus diferencias.

Lo que más me gustó

Si tuviera que quedarme con algo, serían dos cosas: primero, el espacio; me pareció espectacular cómo las obras de Díaz-Faes llenan algunas salas sin restarle protagonismo a la arquitectura. La vista de la cúpula es una de esas imágenes que se quedan en la memoria.




Segundo, descubrir la obra de Díaz-Faes en un contexto diferente. Estoy acostumbrada a verla en galerías, Ferias, murales o proyectos urbanos como os mostré en algún post como el de la Fundación Cristina Masaveu y aquí la observé con mucha más calma, lo que me hizo mirar la obra de ambos bajo una nueva luz.






Una exposición muy recomendable

Si estáis por Gijón o tenéis pensado hacer una escapada este verano, os recomendaría incluir esta visita en vuestro recorrido. No hace falta ser un experto en arte para disfrutarla; basta con entrar sin prisas y dejar que cada uno saque sus propias conclusiones.

Yo, además de disfrutar muchísimo de la exposición, me llevé el recuerdo de un museo precioso y aproveché para dar un paseo por Cimadevilla —hacía un día muy bonito— y visitar la Galería de Aurora Vigil-Escalera, donde pude ver más obra de Díaz-Faes en la entrada.

Espero que os haya gustado y podeis disfrutar de la exposición hasta el 23 de agosto

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