Salimos desde Brujas en tren sobre las 9:30 de la mañana. Una de las cosas más cómodas de esta escapada es precisamente lo fácil que resulta moverse entre ciudades en Bélgica. Los trayectos son cortos, las conexiones frecuentes y no hace falta organizar nada con demasiada antelación.
El viaje hasta Gante dura aproximadamente media hora, así que en muy poco tiempo pasas del ambiente más tranquilo y turístico de Brujas a una ciudad con un ritmo completamente diferente.
Nada más llegar hicimos una visita guiada para tener una primera toma de contacto con la ciudad. Gante tiene un ambiente mucho más vivo y urbano que Brujas, pero sin perder ese aire histórico tan característico de Flandes. Durante el recorrido fuimos pasando por sus calles principales, los canales y algunas de las zonas más conocidas del centro histórico.Una de las primeras diferencias que notamos fue precisamente el ambiente. Mientras que Brujas parece casi detenida en el tiempo, Gante se siente más dinámica, más local y menos enfocada exclusivamente al turismo. Hay estudiantes, terrazas llenas, bicicletas por todas partes y una sensación de ciudad más auténtica y cotidiana.
Después de la visita guiada seguimos recorriendo la ciudad por nuestra cuenta. Uno de los lugares que más nos llamó la atención fue la calle de los grafitis, un rincón completamente diferente a la imagen más clásica de Gante. Las paredes están cubiertas de murales, dibujos y mensajes que cambian continuamente, convirtiendo la calle en una galería de arte urbano al aire libre. Es una visita rápida, pero aporta una visión distinta de la ciudad y demuestra que Gante no vive únicamente de su patrimonio medieval.
Después buscamos un sitio para comer y continuamos recorriendo el centro histórico con calma antes de regresar a la estación.A media tarde volvimos a la estación y cogimos el tren de regreso a Brujas sobre las 17:00h.
Ya de vuelta en Brujas dimos un último paseo por el centro, aprovechando para comprar chocolates y disfrutar una vez más del ambiente mucho más tranquilo de la ciudad al caer la tarde.
Para cenar elegimos un restaurante cerca del hotel, buscando algo cómodo para nuestra última noche en Brujas, aunque sinceramente fue la peor experiencia gastronómica del viaje.













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