Hay artículos que se leen y se olvidan al cabo de unos minutos. Otros, sin embargo, tienen la capacidad de despertar recuerdos que uno creía dormidos. Eso me ocurrió hace unos días al leer la noticia sobre la delicada situación que atraviesa la danza en la Comunidad Valenciana. Mientras avanzaba en la lectura, no pensaba únicamente en Valencia. Pensaba en los años en los que, siendo mucho más joven, hacía la maleta para asistir a los cursos internacionales de verano. Pensaba en aquellas aulas llenas de estudiantes llegados de toda España, en los profesores que compartían su experiencia después de haber bailado en algunas de las mejores compañías del mundo y en una ilusión que entonces parecía inagotable: la de convertir la danza en una profesión.
También pensé en un artículo que publiqué en este mismo blog en 2014, Ser bailarina de ballet clásico. Lo he vuelto a leer estos días y la sensación ha sido tan extraña como desalentadora. Han pasado más de diez años y apenas tendría que cambiar una línea. Entonces escribía sobre la dificultad de encontrar oportunidades en España, sobre audiciones con decenas de aspirantes para muy pocas plazas y sobre una realidad que parecía inevitable: quien quisiera desarrollar una carrera profesional tendría que mirar hacia el extranjero. Nunca imaginé que, más de una década después, seguiríamos hablando exactamente del mismo problema.
Porque la noticia de Valencia no habla solo de Valencia. Habla de un país que lleva demasiado tiempo formando bailarines extraordinarios sin ser capaz de ofrecerles un futuro acorde con su talento. Y eso debería preocuparnos mucho más de lo que nos preocupa.
El problema no es que España esté perdiendo bailarines. El verdadero problema es que cada vez será más difícil convencer a un niño de ocho años de que merece la pena dedicar toda una vida a la danza.




